viernes, 11 de mayo de 2012

Reflexiones sobre el futuro de la humanidad


“Dentro de miles de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal […], será quizás coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende […] que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. […] propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria capaz e sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber […] quienes fueron los culpables de nuestro desastre y cuan sordos se hicieron ante nuestros clamores […] y con que inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo”.               -Gabriel García Márquez.
            Las ruinas de las sociedades pasadas son los huesos carnosos que nos enseñan, de la manera más tétrica, los precios del progreso mal administrado; desde los cazadores recolectores de antaño que perfeccionan sus métodos de caza hasta acabar con sus presas, creando así las condiciones para el desesperado origen de la agricultura que trajo consigo sociedades más complejas y jerarquizadas que dieron origen a las primeras civilizaciones; nos describen la caída de sociedades pequeñas (como aquella de los habitantes de la isla de pascua) hasta el estrepitoso declive de algunas de las civilizaciones más desarrolladas que han habido en el planeta, como la Romana o la Maya. Tal es el drama que se desarrolla en las líneas de la obra de Ronald Wright Breve Historia del Progreso. 

            Cabe hacerse al respecto las siguientes preguntas: ¿Toda civilización está condenada al fracaso? ¿La nuestra tiene oportunidad de triunfar donde otras no lo hicieron? ¿O debemos resignarnos, como sugiere García Márquez, a aventar una botella cósmica a las silenciosas aguas del tiempo y el espacio con la esperanza ingenua de que nuestras advertencias, que no sirvieron para salvarnos a nosotros mismos, harán entrar en razón a alguna otra civilización que la encuentre?

            La historia nos puede enseñar valiosas lecciones. Nos confiesa, si es interrogada adecuadamente, cual es nuestro origen, porque tendemos a pensar de la forma en que lo hacemos y la razón por la cual nuestra sociedad se organiza de la manera en que lo hace. Pero lo hermoso de la mente humana es que al conocerse a sí misma también recibe las herramientas para cambiarse. Tal vez es ese el mayor de los favores que puede hacernos la historia: Cuando escuchamos sus confesiones con oídos honestos, sus relatos tiene el potencial de cambiarnos a nosotros mismos.

            Aprender de la historia desde el punto de vista expresado subliminálmente en el párrafo anterior es mucho más que “evitar repetir los errores de pasado” como antiguamente se pensaba. El problema de aquella antigua manera de pensar sobre el conocimiento histórico radicaba en que entendía a este tipo de conocimiento como un conjunto de datos recopilados con la finalidad de curar los males de la sociedad, sin entender como debían aplicarse.  Como si fuese la base de datos de un antivirus de computadora, que tiene el potencial de purgar a nuestro aparato de los males que lo agobian. Pero, la información, por si sola no es capaz de hacer nada. La base de datos solo funciona cuando tenemos descargado un antivirus que le saque provecho. Una historia científica, que desprecia a las autoridades, no puede enseñar dogmáticamente datos. El conocimiento histórico, como ahora lo comprendemos, como interpretaciones de ideas y pensamientos, nos hace entender porque nuestros antepasados actuaron de la manera en que lo hicieron, que pensaron que hacían y que pensaban que iban a obtener a partir de ese actuar. Y una vez que comprendemos a nuestros antepasados somos capaces de decidir mejor que es lo que nosotros deseamos para el aquí y el ahora. En pocas palabras, la historia no nos enseña a no repetir los mismos errores del pasado, sino que nos permite evaluar las circunstancias actuales, sus orígenes y sus semejanzas con otras pasadas; nos enseña sobre las probables consecuencias de nuestro actuar y nos brinda la posibilidad de elegir si queremos, o no, afrontar dichas consecuencias.

            Por supuesto que esta es solo una manera de concebir la historia. Otras personas en el pasado – e incluso en el presente – han visto a la historia a través de cristales de distintos matices. Tucídides, por ejemplo, pensaba que lo importante de la historia no eran los hechos concretos, sino encontrar la esencia de la circunstancia, es decir su componente de carácter universal. Bajo este concepto de historia él no se preocupó por haber alterado los diálogos y algunos hechos de los acontecimientos que investigaba. Para Fietche la historia era una lucha constante entre opuestos que necesariamente desembocaba en la producción de una nueva circunstancia, que a su vez generaba un nuevo opuesto para continuar el ciclo. Marx, por su parte, pensaba que el desarrollo de la civilización seguía un orden, de alguna manera predeterminado, hacia la sociedad socialista. El alemán Spence, concebía a las sociedades como organismos vivos aislados e independientes que evolucionaban de manera progresiva (pues en el siglo XIX, en el que él vivió, esta era la manera en que se entendía la evolución natural). Sin embargo, todas aquellas teorías, no obstante ser cautivadoras, hermosas y frutos de grandes ingenios, han resultado ser erróneas. Principalmente por el hecho de que fallan en explicar porque distintas sociedades se desarrollan de maneras diferentes; pero además, porque en aquellas teorías deterministas de la historia el libre albedrío humano queda eliminado por completo de la ecuación. Todo lo que queda de él se recarga en su totalidad en el lado del historiador, quien lo usa para crear modelos que intentan explicar los procesos históricos.

            Los humanos y nuestras sociedades somos el producto de nuestro actuar acumulado. Como humanos, experimentamos, sentimientos hambre, nos reproducimos y hacemos muchas cosas más que la naturaleza nos impone, tal como cualquier otro ser vivo. Además, nos comunicamos, nos agrupamos y nos jerarquizamos, en mayor o menor medida, como cualquier otro animal social. Por eso, tanto nuestro actuar como la historia, que es su producto, están sujetos a la coercividad de los procesos naturales. Pero, al menos nuestra historia no se queda aquí, porque, como hemos descubierto, también somos seres libres. Nuestra libertad tal vez sea producto de nuestra autoconciencia histórica o bien puede tener otros orígenes que desconozco, pero cualquiera que haya tenido la dicha de elegir entre dos o más opciones, entre dos o más posibles comportamientos, la ha experimentado. Nuestro desarrollo histórico vive de este balance entre libertad y naturaleza que nos compone.

Esto nos lleva necesariamente a concluir que la libertad juega un papel significativo en el desarrollo de la historia humana. Porque al ser la libertad un componente de nuestras actividades, la historia no puede librarse de su yugo. También podemos encontrar rastros de libertad en el conocimiento histórico cuando analizamos al historiador, que elige su problema de investigación y los lugares en donde buscará las pruebas históricas, así como cuando selecciona de estas aquellas que le parecen responden a la pregunta que se hizo al comenzar su investigación. El hecho de que al menos una parte de nuestro ser sea intrínsecamente libre es lo que nos da la capacidad de hacer cosas novedosas y la razón por la cual no se han encontrado leyes históricas ajenas a cualquier proceso histórico. Y es precisamente en esta libertad que poseemos sobre nuestro actuar donde yacen ocultas nuestras oportunidades para superar la actual crisis global.

            Sin embargo, tanto optimismo en nuestras capacidades para decidir nuestro futuro puede ser peligroso, no somos ni tan inteligentes ni tan poderosos como nos creemos. Tal vez es cierto lo que dicen algunos y no haya formula para solucionar la actual crisis de nuestra civilización, tal vez pronto acabaremos con nuestro medio ambiente y con nosotros mismos. En ese caso probablemente deberíamos seguir los consejos de García Márquez y fabricar un arca de la memoria; o, en una de esas, lo mejor sea pasar nuestros últimos años parrandeando o flagelándonos día y noche hasta que llegue el fin. Pero dudo mucho que aquellas sean las mejores opciones. Me parece que es mejor morir sabiendo que se intentó hacer algo para evitar la muerte, que con la incertidumbre de que se pudo haber actuado de alguna forma para prevenirla. Aun cuando pensemos que no tenemos posibilidades de salvarnos a nosotros mismos, no es esta razón para abrazar el quietismo, porque nuestra experiencia, tanto histórica como vivencial, nos ha demostrado que siempre podemos estar equivocados. En el peór de los casos, siempre se tendrá la opción de “actuar sin esperanzas” como decía Jean Paul Sartre. Al menos así se muere con la conciencia tranquila.

            Les contaré ahora la trama de uno de los mejores capítulos de televisión que he visto, porque esta estrechamente relacionada con el tema en cuestión. Se trata de un episodio de la serie Futurama titulado El Difunto Philip J. Fry. En este capítulo el profesor Hubert crea una máquina del tiempo que solo es capaz de viajar hacia el futuro (es importante señalar que la serie se sitúa ubicada temporalmente en el año 3000 después de nuestra era). Ante la duda de los viajeros de como le harán para regresar a su época tras visitar el futuro, el profesor responde que viajarán hacia adelante en el tiempo hasta que se haya inventado una máquina capaz de regresarlos. Con esta idea en mente, se aventuran en su viaje temporal. Cuando llegan al año 4000 descubren, melancólicos, que la civilización se había aniquilado a si misma hace ya muchos siglos. Ante las ruinas de la estatua de la libertad Fry llora a la humanidad. Junto a ella, yacen las ruinas de estatuas de una civilización de simios, una de aves y una de gusanos. Todas ellas nos habían sucedido y, como nosotros, habían perecido ante la enfermedad de su propia existencia.

            No obstante esta tragedia, el capítulo aún no termina. Nuestros viajeros se aventuran nuevamente al futuro para encontrar que los sobrevivientes de la humanidad ahora vivían en una especie de nueva edad media. Esperanzados, continúan su paseo por el futuro en busca de un medio de transporte hacia él pasado. Después de visitar numerosas edades medias, utopías, deutopías, sociedades completamente femeninas y otras esclavizadas por robots, nuestros compañeros llegan al año mil millones. Para este momento, el sol, hinchado en el comienzo de la etapa final de su vida, ya había secado los mares de la tierra y todos los seres vivos de ella habían perecido. Los seres humanos, condenados por nuestra propia ignorancia, nuestro egoísmo y nuestra arrogancia, habíamos desaparecido hacía ya mucho tiempo sin inventar jamás la máquina para regresar en el tiempo.

            La lección que encuentro es clara: No dejes nunca el presente en busca del progreso, porque el progreso no llueve de los cielos, sino que lo hacemos nosotros mismos. Y en el momento en que nos olvidamos de los sacrificios y las arduas labores que hemos realizado para conseguirlo e ignoramos las responsabilidades que este acarrea; en el instante en que nos olvidamos del esfuerzo que es necesario para mantener nuestros nuevos logros, en ese mismo momento soltamos el volante de nuestra nave intergaláctica que, fuera de control, se dirige a un agujero negro. O tal vez, cómodos como estamos en la cabina de la nave, decidimos acelerar a fondo, sobrecargando los motores nucleares y muriendo todos en una colorida explosión de radiación y partículas energéticas.

            Ahora bien, como me temo que pueda estar empezando a dar vueltas alrededor de los mismos pensamientos, empezaré la conclusión de este ensayo.

            Si hay esperanzas para esta civilización es algo que desconozco por completo, porque sobrepasa mis capacidades cognoscitivas. Tal vez hace tiempo que soltamos el timón de esta nave y rebasamos el horizonte de eventos del agujero negro. Puede ser que la incompetencia de nuestros gobernantes, su ignorancia y su avaricia nunca desaparecerán. Es posible que tampoco cambien las conciencias de las más de siete mil millones de personas que habitamos este mundo y cuya colaboración es necesaria para salvar a esta civilización y a nosotras mismas. Probablemente, la sociedad civil nunca se organice y tome en sus manos las riendas del cambio, excepto cuando ya sea demasiado tarde y nuestra unión solo sirva para hacer revueltas y destruir más rápidamente lo poco que quede de nuestra civilización y de nosotros mismos. Pero hay cosas que podemos hacer, como decía Voltaire  “il faut cultiver notre jardin” (“hay que cultivar nuestra parcela”). Lo que Voltaire probablemente haya querido expresar es que cada quien tiene que hacerse responsable de lo que le toca, de lo que está dentro de sus posibilidades.

            Nuestra obligación como historiadores, como investigadores en general, como los privilegiados portadores y productores del conocimiento que nuestra sociedad ha acumulado sobre sí misma y sobre la naturaleza a costa de duras y costosas inquisiciones, es divulgar este conocimiento, ponerlo a disposición de los que lo soliciten y hacerle saber a la sociedad que el conocimiento existe y que está a su disposición. Este esfuerzo debe de ser realizado con la esperanza de que la ignorancia y el desconocimiento de nosotros mismos no sea los culpables de llevarnos a la perdición. Esta labor que nos corresponde realizar la expresó muy bien García Márquez cuando dijo que “la idea de que la ciencia solo concierne a los científicos es tan anticientífica como pretender que la poesía solo concierne a los poetas”. La importancia de esta labor es inmensa, como Carl Sagan nos explica: “Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales […] dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada, pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara”.
  
Pero enseñar las ciencias no consiste solamente en explicar sus conocimientos, porque de esta manera solo se alimenta la credulidad y el dogmatismo, que son, a todas luces, contrarios a ella. “Si nos limitamos a mostrar los descubrimientos y productos de la ciencia […] sin comunicar su método crítico, ¿cómo puede distinguir el ciudadano promedio entre ciencia y pseudociencia? Ambas se presentan como afirmaciones sin fundamento. […] El método, aunque sea indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos de la ciencia”.

            Sé que estoy sonando demasiado optimista, pero este efecto se debe más a las palabras escritas que a mi pensamiento. Al realizar esta labor no hay que cometer la que Massimo Pigliucci llama “falacia racionalista”, la cual consiste en creer que solo por explicarles a las personas algo de manera clara ellas te escucharán y te creerán. La triste verdad es que lo más probable es que la enorme mayoría de las personas no nos presten atención a los divulgadores aun cuando les hablemos de la mejor manera posible. Pero este hecho no es rezón suficiente para abstenernos de realizar nuestra obligación social. En palabras de Sartre: “No es necesario tener esperanzas para obrar […]No sé nada; solo sé que haré todo lo que esté en mi poder […] fuera de esto, no puedo contar con nada”. En pocas palabras, no importa si mis acciones para salvar el mundo pasen completamente desapercibidas, lo importante es que hice lo que me correspondía hacer. Que el resto de las personas se arregle con su conciencia como quiera. Esta resolución puede sonar un poco deprimente y desesperanzadora, pero es la mejor alternativa que he podido encontrar.

            Al final de su libro Wright concluye que “La gran ventaja que tenemos, y nuestra posibilidad de evitar el destino de las sociedades del pasado, es que nosotros sabemos lo que ocurrió con ellas. Podemos ver como y por qué acabaron mal. El homo sapiens dispone de información para saber lo que él mismo es: un cazador de la era glaciar, evolucionado a medias hacia la inteligencia, astuto pero raramente sabio”. Y coincido enteramente con él. Pero de nada sirve que una pequeña cúpula de presuntos intelectuales sepa esto si la mayor parte del pueblo lo ignora por completo. Los hombres de ciencia y filosofía han faltado antes a su cita con su sociedad. Y aunque es posible que esta vez nadie este dispuesto a prestarnos atención. ¿Qué otra opción tenemos? Negarlo todo o llorar y cruzarnos de brazos, sentarnos a mirar como desaparece nuestra civilización.

Claro, en el esfuerzo por evitar la muerte, no hay que olvidarnos de vivir. Debemos hallar el balance entre sacrificio y disfrute. Definitivamente no hay que prestar tanta atención a la diversión que en el proceso aplastemos a las personas que nos rodean y desgastemos nuestro cuerpo prematuramente, pero tampoco es aconsejable morir sin haber vivido. Es como el pensamiento crítico, tal cual lo explica Sagan, ni tan cerrado a nuevas ideas como para no cambiar nunca de opinión, ni tan abierto como para que se desparrame del cráneo el cerebro. Encontrar el punto de equilibrio exacto entre disfrute y sacrificio no es algo que se pueda hallar en un “manual del buen cosmopolita”, sino algo que cada quien tiene que descubrir por si mismo. Actividad en la cual el verbo descubrir connota una cierta dosis de invención. Tal como en la ciencia y la historia misma. 



Lecturas que recomiendo. 

-García, Gabriel, Yo no vengo a decir un discurso, Literatura Mondadori, Barcelona, 2010.
-Sagan, Carl, El Mundo y sus Demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad, Planeta, México, 2007.
-Sartre, Jean Paul, El Existencialismo es un Humanismo, EMU, México, 2008.
-Wright, Ronald, Breve Historia del Progreso ¿Hemos aprendido al fin las lecciones del pasado?, Tendencias, Barcelona, 2006.


jueves, 12 de abril de 2012

Un Poco de Historiografía


Sobre el Desarrollo del uso del Patrimonio Histórico en la Investigación Histórica

Dilthey describe el tiempo como una abstracción, un concepto inventado por los humanos para distinguir lo que ya no es de lo que es y de lo que algún día será. Desde este punto de vista, el presente es lo único seguro entre el eterno olvido del pasado y la completa ignorancia del futuro, pero además, es todo lo que existe. El presente que nos expone Dilthey es tan instantáneo que solo podemos tener conciencia de que existe a través de los recuerdos sobre él que han sobrevivido en nuestra memoria. De esta manera, todo conocimiento que podemos hacer de lo que en algún momento fue presente, tendrá que ser por medio de los restos que de él continúan existiendo al momento de tomar conciencia de que pasó.

            ¿Qué sucede cuando se desea conocer un pasado que se prolonga más allá de las vidas humanas? ¿Cómo es posible tener acceso a él? Evidentemente solo a través de los restos físicos que este dejó y por medio de las leyendas y tradiciones que acuñó y aún sobreviven en la sociedad a estudiar. Pero las tradiciones y leyendas son subjetivas y mutan a gran velocidad, lo que hace necesario el estudio del patrimonio histórico (monedas, obras de arte, construcciones, documentos, utensilios, etc.), cuya existencia física lo hace más perdurable y objetivo, para poder desarrollar una historia verás.

            Con el fin de entender de mejor manera el papel que el patrimonio histórico realiza en la investigación de la historia, he decidido dedicar este ensayo a la descripción del desarrollo del método histórico en relación con los restos físicos del pasado. Tataré exclusivamente este tema en su desarrollo respectivo a la civilización occidental, puesto que es de esta cultura de la que se deriva nuestra escuela histórica actual. Posteriormente, complemento esta descripción con una breve reflexión personal sobre la importancia del patrimonio en la investigación histórica.

Breve historia.

Cuando estudiamos la historia de la disciplina histórica, esta se nos presenta lejana a la idea estable y bien definida que algunos quisiéramos que fuese. En efecto, la historiografía nos enseña que la concepción que los distintos pueblos han tenido de la historia ha sido tan variada como las mismas culturas de estas sociedades. Para los primeros historiadores del mundo occidental, cómo Heródoto y Tucídides, el conocimiento histórico solo era accesible a través de la memoria de los vivos. En su época, el método histórico consistía en entrevistar a la mayor cantidad de personas que hubieran sido testigos del acontecimiento de interés y criticarlas a través de la técnica jurídica. De esta manera, me es posible observar que la naturaleza de las fuentes en esta época era enteramente mental.

            Eventualmente, este método se enfrentaba a tres grandes limitantes: 1) en primer lugar, impedía hacer historia sobre tiempos lejanos de los que no quedaran testigos con vida; 2) también se vio imposibilitado de hacer historias sobre grandes regiones; 3) finalmente, la gama de temas sobre los cuales un historiador podía hacer investigador era reducida, puesto que se limitaba a aquellas cosas que los testigos recordaban. Estas dificultades impulsaron a posteriores generaciones de historiadores a desarrollar un nuevo método. Por este motivo se creo el sistema que Collinwood denomina “tijeras y engrudo” que se usó desde la época helenística hasta el final de la Edad Media.

            La nueva técnica consistía en copiar en el trabajo de uno aquellos pasajes de los documentos de antiguos historiadores que uno considerara importantes. Pero este método, aunque resolvía en parte las limitaciones de la primera técnica, se enfrentaba a una nueva problemática: la aparición de autoridades en la historia. En efecto, si consideramos que el simple hecho del paso del tiempo conlleva lo que yo llamo una “selección natural” de todas cosas que han de sobrevivir al presente, entre las que encontramos tanto a las memorias como a los objetos físicos, y que el posterior trabajo de cualquier historiador sobre estas implica una reselección de estos acontecimientos, entonces trabajar enteramente y confiar ciegamente en estos trabajos de antiguos historiadores y cronistas –a los que llamamos fuentes de segundo grado- es ya una tarea poco científica que necesariamente tiene que ser complementada con nuevas fuentes de primer grado.

            Ya en el renacimiento, Descartes planteó que no era admisible confiar en las autoridades. Aseguro que los escritores de historias frecuentemente mentían, y cuando no, por lo menos omitían las escenas inconvenientes del pasado. Bajo esta observación negó la posibilidad del conocimiento histórico.

“Al que estudia con demasiada curiosidad lo que se hacía en los siglos pretéritos, ocúrrele de ordinario que permanece ignorante de lo que se practica en el presente. Además, las fábulas son causa de que imaginemos como posibles acontecimientos que no lo son; y aun las más fieles historias, supuesto que no cambien ni aumenten el valor de las cosas, para hacerlas más dignas de ser leídas, omiten por lo menos, casi siempre, las circunstancias más bajas y menos ilustres, por lo cual sucede que lo restante no aparece tal como es y que los que ajustan sus costumbres a los ejemplos que sacan de las historias, se exponen a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas y a concebir designios, a que no alcanzan sus fuerzas”. Descartes.

            Pero las aseveraciones de Descartes no desalentaron a los historiadores, quienes tomaron estas críticas como un reto que su disciplina debía superar para ser participe en la empresa del conocimiento. De esta manera se desarrollo un método histórico basado en la desconfianza de la autoridad, en la confrontación de las exposiciones de distintos autores y, más importante para el tema en cuestión, al reducirse la confianza en las autoridades, se hacía pertinente encontrar fuentes históricas de primer grado, cuyas alteraciones a lo largo del tiempo sean mínimas. En esta historiografía nació la idea de que el uso de vestigios físicos del pasado podía ser útil a la historia. Pero de poca utilidad resulta la iniciativa de estudiarlos si esta labor no va acompañada por una tarea de conservación de estos mismos objetos, puesto que futuras generaciones de historiadores no tendrán la oportunidad de usarlos como fuente para la crítica al trabajo de sus antecesores. No obstante, los restos físicos del pasado tuvieron que esperar otros doscientos años para que su conservación figurara como uno de los principales intereses sociales.

            La sociedad intelectual del siglo XVIII estaba decidida a cortar los lazos con el cristianismo que había regido el pensamiento europeo desde la caída de Roma. Probablemente el deseo de demostrar un presente superior al pasado haya sido lo que motivo a distintos autores, como Voltaire y Vico, a asegurar que la historia no solo estaba regida por el cambio, sino que este estaba dirigida hacia el progreso. Pero, como se había eliminado la idea de un Dios creador que dirigiera este progreso, se hacía necesario encontrar una prueba material física que demostraran que el avance era la norma del cambio histórico. En estas circunstancias nació la idea de la conservación del patrimonio histórico, y su importancia para la investigación histórica se elevó a niveles sin precedentes.

“De esta manera el hombre del siglo XVII, que en la epistemología de Foucault se sitúa en el umbral de la época moderna, está preparado para impulsar campos especializados de indagación histórica, como los correspondientes a la arqueología y la prehistoria y a disciplinas afines como la etnología y la museología”. Ballart.

            Cómo bien explicó Ballart, fue este el siglo que vio gestarse a la arqueología y al estudio prehistórico. Efectivamente, fue en está época cuando se realizaron las primeras excavaciones en Pompeya y en la cercana Herculano. Ambos son ejemplos de como la historiografía de aquel siglo encuentra, con mayor fuerza que en el siglo XVII, “el valor documental de los vestigios del pasado”.

            El siglo XIX ve desarrollarse esta idea del aprecio por los restos físicos pretéritos como fundamento empírico de la historia, al punto que surge la historiografía positivista. Para esta corriente historiográfica el valor de una fuente es proporcional a su antigüedad y su relación con el suceso estudiado. Actitud que la llevó a desarrollar un especial interés por los archivos antiguos y disciplinas como la numismática y la paleografía. Este movimiento buscaba eliminar de la historia todo rasgo de lo que PierreNora llama “memoria” (los sentimientos, significados y recuerdos mentales, ya sean individuales o colectivos, como las leyendas) tratando de reducir la historia al estudio de los “hechos” del pasado.

            En el positivismo notamos la culminación de un proceso de transformación del pensamiento histórico, que recorre un largo trecho desde la tesis original de Heródoto que basaba toda investigación histórica en la memoria, hasta su antítesis positivista que busca fundamentar todo conocimiento histórico en restos empíricos del pasado, despreciando su significado y tratándolos como si fuesen meros “hechos” naturales. Correspondería a los filósofos de la historia de finales del siglo XIX y principios del XX, como Dilthey, Croce y Collinwood, tratar de sintetizar ambos argumentos en una nueva manera de dilucidar el pasado.

En la obra de Pierre Nora hayamos influencias del pensamiento de los filósofos mencionados en la última línea del párrafo anterior. Para él la historia esta compuesta por la conjunción de materia y simbolismo. Es decir, el fundamento sobre el cual empieza toda indagación histórica son los objetos materiales del pasado que sobreviven hasta nuestros días. Por esta razón el patrimonio histórico posee un gran valor para la disciplina histórica, pero solamente en cuanto sea posible para el historiador extraer de él un significado. Con ello podemos concluir que para la historiografía contemporánea cualquier objeto tiene el potencial de servir a la investigación, trátese de un libro escrito hace 5 años, de un archivo que da información falsa, o de un edificio milenario en el centro de una antigua ciudad, siempre que el inquisidor sea capas de hallar en el un significado que lo ayude a encontrar respuestas a sus preguntas de investigación. Y como es imposible determinar que objeto podría ser algún día fuente de información para algún historiador, es importante, como sociedad, hacer un esfuerzo por conservar, en la medida de lo rentablemente posible, los objetos que hayan formado parte del pasado, o que lo harán en algún momento. Por esa razón sería imposible concebir la historiografía moderna si no existiera el patrimonio histórico.

 Conclusiones
La historia de la forma de hacer historia es la historiografía. En ella, los pueblos han expresado sus más profundas preocupaciones sobre el pasado y la manera en que creen poder acceder al conocimiento. “Cada cual rinde cuentas de su pasado con arreglo a las pautas que le señalan su cultura y su concepción del mundo”. Para los antiguos griegos, por ejemplo, era el papel de los contemporáneos conservar en trabajos escritos el pasado reciente para que sus descendientes pudieran conocerlo. Para ellos el conocimiento histórico solo podía ser obtenido entrevistando a aquellos que habían vivido los acontecimientos a tratar, y el método jurídico de su tiempo era la mejor manera de extraer verdades de los testimonios humanos. En la edad media la utilidad de la historia era descubrir los planes de Dios. En esta época la manera que se creía más confiable para obtener conocimiento era a través las autoridades, como la Biblia, el Papa o los Doctores de la Iglesia; por eso no debe de extrañarnos que en aquel periodo las autoridades hayan sido las fuentes de la historia. En los siglos XVIII y XIX las ciencias naturales, y por excelencia la física, eran el modelo a seguir. Para las ciencias de esta época, la labor de investigación y el investigador eran agentes totalmente ajenos, y por eso mismo la historia debería de ser tratada como algo ajeno al investigador y a la cultura a la que este pertenecía, tarea que ahora sabemos imposible. Ya en la época moderna la ciencia sigue considerándose el método más eficaz para buscar la verdad, pero nuestra concepción del pasado y del papel humano en la ciencia ha cambiado considerablemente. La sociedad actual siente un profundo interés por el estudio de la cultura, y la filosofía de la ciencia moderna, como la de Thomas S. Kuhn, a demostrado que es imposible separar por completo al investigador de lo investigado, pues el primero influye en los resultados que obtendrá del segundo desde el momento en que elige su problema de investigación y el proceso por el cual la realizará. Por eso “una Historia adecuada a nuestra cultura solo puede ser una Historia científica”, pero además, una que admite que su objeto de estudio es un fenómeno cultural, y que el historiador, como ente particular de esa cultura, debe encontrar en él un significado. Pero la ciencia es también objetiva, basada en evidencias materiales, y por lo tanto una historia científica no puede estar libre de las pruebas físicas que demuestren lo que esta ciencia argumenta, y este papel es desempeñado, precisamente, por el patrimonio histórico.   

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Lecturas Recomendadas
-Ballart, Josep. El patrimonio histórico y arqueológico: valor y uso, Ariel, Barcelona, 2002, pp. 167-192.
-Collingwood, Robin, Idea de Historia, FCE, México, 2011.
-Descartes, René, Discurso del Método. Traducción y prólogo de Manuel García Morente, Bibliotecasgratis.com, URL: http://www.bibliotecagratis.com/autor/D/descartes_rene/discurso_del_metodo.htm, N/A, Consultado el 20/02/2012.
-Dilthey, Wilhelm, El mundo histórico, FCE, México, 1978.
-Huizinga, Johan, El Concepto de la Historia, FCE, 1992, pp.87-97.
-Kuhn, Thomas, La Estructura de las Revoluciones Científicas, FCE, México, 2010.
-Nora, Pierre, Between Memory and History: Les Lieux de Mémoire, University of California Press, URL: http://www.jstor.org/pss/2928520, 2008, consultado el 26/02/2012.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Lo Que Necesito para Creer en Dios


Hume describió los milagros como fenómenos que sucedían en contra de las leyes de la naturaleza. Cabe mencionar, las únicas evidencias que se suelen tener del acontecimiento de un milagro provienen de testimonios. Ahora bien, sabemos que las leyes de la naturaleza, al haber sido obtenidas por medio de la experiencia, pueden estar equivocadas; pero sabemos también que los testimonios igual pueden ser erróneos. La experiencia cotidiana nos muestra, además, que los testimonios tienden con más frecuencia a ser falsos que las leyes de la naturaleza que la ciencia ha obtenido por medio de la investigación empírico-racional. Es decir, todos los días al ver la tele observamos anuncios que adjudican al producto X una característica Z que, por supuesto, este no tiene; o al pasear por la calle vemos el anunció de un político corrupto prometiendo luchar contra la corrupción; o a unos buenos intencionados papás que mienten a sus hijos diciéndoles que un sujeto gordo y con chamarra roja les lleva regalos todas las navidades desde el polo norte; o charlatanes que dicen ver el futuro en las estrellas, las hojas de té, las marcas de las manos y hasta en las heces de perro*; o simplemente personas de buenas intenciones que dan información falsa pensando que es verdadera. En cambio, son contables –aunque algo numerosas- las veces en que una ley científica de la naturaleza resultó ser errónea. Aunado a lo anterior, por si el achaque en contra de los testimonios no fuera ya suficiente, ¡todavía cabe mencionar que podemos contar cientos de miles de ellos que se contradicen unos a otros! Aquí la cara de un presunto hijo de dios aparece en un sándwich, allá una virgen se le aparece a un joven nahua, y en otro lado del mundo Atenea convence a Hector de enfrentarse a Hércules. La inmensa mayoría de esos milagros son excluyentes, si Atenea se aparece en Troya, entonces ningún dios judeo-cristiano mandó 7 plagas a Egipto y viceversa. Y para colmo, carecemos de razones para asegurar que algún testimonio sobre un milagro es más verosímil que el otro. Mi conclusión, el hecho de que un testimonio exista no es prueba suficiente de nada más excepto de que existe en cuanto testimonio y alguien lo comunicó.  

                Hume concluye por su parte que “ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de tal tipo que su falsedad fuera más milagrosa que el hecho que respalda” y Carl Sagan lo resume a “afirmaciones extraordinarias requieren de pruebas extraordinarias”. Yo diría, como me gustan los oxímoron, “a palabras maravillosas ojos y manos atentos”.

                Entonces, ¿Qué necesito para creer en dios?

                1) En primer lugar, lo que le sugiero a dios para que pueda creer en él es que por favor evite dejarnos como única prueba testimonial de su existencia un libro, poema épico, cómic o película. Es decir ¡Hay cientos de miles de libros en el mundo, cada uno proponiendo cosas distintas! ¿Bajo que criterio puedo discernir con seguridad si dios existe basándome en la biblia o si es Azlán el creador del universo si lo leo en la saga de Narnia, o que Superman en verdad trabaja en el Daily Planet como asegura su cómic? Y si por capricho, u obligado por alguna Ley de Creación de Cosmos legislada para creadores interuniversales, dios decide que unos cuantas hojas de papel amontonadas y cocidas son la mejor y más divertida forma de dejarnos constancia de su existencia, pues al menos espero que el dichoso folletito venga escrito en una lengua y código tales que cualquier ser humano que lo lea sea capaz de entenderlo sin necesidad de saber aquella lengua ¡Eso si que sería prueba de algo sobre natural!

                2) En segundo lugar, le pido que, por favor, cuando decida que es hora de corroborar su existencia a la humanidad, no se le presente solamente a un profeta, elegido o papa. Considero que sería mejor que se apareciese en todos los cielos de la tierra (hablando metafóricamente) y de esta manera nos exponga a todos sus maravillosas ideas. Bueno, lo admito, dios o los dioses son libres de decirnos lo que quieran y de hacerlo en la forma en que les plazca la gana. Pero, ¿Profetas únicos? Por favor ¡Hubiera esperado una idea mejor hasta de nuestros diputados! Y valla que es improbable que ellos hagan bien su trabajo.

                3) En tercer lugar, si es que un dios ha decidido realizar mis recomendaciones pasadas, le sugiero que termine su espectáculo de presentación con una esplendida muestra de milagros que funjan como prueba física de su existencia. Yo aconsejo crear una iglesia flotante en medio del océano pacífico diseñada por el arquitecto de su preferencia -personalmente elegiría  uno que ya esté muerto, solo para brindarle un último toque de espectacularidad al asunto-. También aconsejo que plasme en la luna un mensaje simple pero  inteligible a simple vista y que coloque un enorme símbolo de su preferencia dando vueltas alrededor de Marte a manera de satélite. Son simples ideas, pero, aunadas a unas reapariciones constantes cada unos ciento cincuenta a doscientos años, serían suficientes para evitar que cualquier ser humano dudara de su existencia, y así lograría al fin tenernos a todos hincados frente a él o ella rezándole (la cual me parece es una actividad que disfruta con acojo).

 A propósito, hago notar en este punto que todas las pruebas que he propuesto hasta este punto buscan tener valor universal, esto es, tienen como objetivo, en caso de que algún creador decidiera llevarlas a acabo, demostrar la existencia de dicho ser a todos los humanos por igual. Una prueba que solo valiera para mí no podría convencer a otros muchos ateos y herejes diversos que andamos paseándonos por el planeta tierra. Así que carecería de valor.

                Para cerrar esta entrada, si algún dios se ha tomado la molestia de leerla hasta este párrafo y, aun así, decide que no quiere actuar de acuerdo con mis sugerencias, o algunas semejantes de valides universal que comprueben su existencia, en ese caso interpretaré su silencio como un desinterés hacia lo que yo u otros opinen sobre su existir. Además, no habiendo prueba alguna que me haga siquiera pensar que hay algún dios que existe y piense aquello, me veré forzado a no creer en él. Si no lo lee, entonces no es ni omnipresente ni omnisciente, por lo tanto no lo llamaré diosFinalmente, si aun con esta advertencia y clara exposición de mi pensar, decide que hago mal en negar su existencia y resuelve castigarme, en ese caso se trata de un ser sin ética que no merece ser llamado dios de mi parte, y mucho menos adorado. Así pues, he expuesto que es lo que necesito para creer en dios, y por eso mismo pido a los evangelistas, mormones, católicos, pastaferrianos* y demás religiosos que se abstengan de venir a dar sermones sobre "la verdadera religión" a mí casa. Si dios quiere que crea en él, que realice el trabajo él mismo.


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Postdata.
                Kant podría argüir que es necesario creer en Dios simplemente porque resulta útil y necesario para respaldar la moral. A lo que yo respondería que es posible tener una moral sin ningún tipo de Dios, Diosa o Azlán,  y por lo tanto la idea de un ser sobrenatural viene sobrando. Pero, - alterando la frase de Michael Ende- ese es tema para otra entrada y merece ser contado en otra ocasión. 

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*En realidad nunca he escuchado que alguien lea el futuro de esta manera.

*Pastaferrianos: Adoradores del Espagueti Volador.

jueves, 8 de marzo de 2012

-Historia: "Arqueología, ¿Quieres bailar con migo?"


"Sobre las relaciones interdiciplinarias en la investigación científica, y en especial, entre la historia y la arqueología".

Hubo tiempos en que se creía que una persona instruida podía poseer todo el conocimiento de su época, épocas en que la cantidad de conocimientos reunidos por las diferentes ciencias no era tan abrumadora como ahora. Por dar un ejemplo, el mismo Charles Darwin, conocido por su Teoría de la Evolución Natural por Selección Natural, hizo también investigaciones sobre geología. No obstante, él vivió durante la segunda mitad del siglo XIX, aquella fue una época de transición, cuando la especialización de conocimientos estaba encaminándose a hacia su ubicación actual. Entonces, las ciencias se empezaron a ramificar en múltiples nodos de investigación; la idea de que una persona pudiera saber todo el conocimiento de su época estaba casi por completo extinta y surgió la moderna concepción de que una persona tiene que dedicarse exclusivamente a un grupo selecto de temas, o a uno solo, para poder investigarlos y conocerlos.

            Ciertamente, esta nueva noción resulta útil pues permite a los especialistas ahondar más profundamente en las materias, pero también acarrea un grave problema: la realidad no está ramificada ni separada. Cómo dicta la famosa frase “Un experto es alguien que sabe cada vez más sobre cada vez menos, hasta que termina por saberlo todo acerca de nada”. Por estas razones, dividir la realidad para estudiarla no nos llevará de ningún modo a entenderla; si aspiramos a ello -y en mis sueños más utópicos yo lo hago- entonces debemos encontrar la forma de embonar las piezas individualizadas que hallemos, para así poder echar un vistazo a la imagen general que estas forman.

            Por estas razones, toda disciplina científica debe trabajar conjuntamente con las demás para avanzar en el entendimiento de la naturaleza y de la sociedad. Por ejemplo, la química necesita de la física, y la biología de la química. La sociología de la antropología y la psicología se auxilia de estas dos. La medicina  se sirve de la biología y también es necesaria para desarrollar la psicología. Obviamente las relaciones reales son mucho más complejas, pero considero que se entiende lo que estoy tratando de decir. En el caso específico de la Arqueología y la Historia, estas relaciones estrechas, por supuesto, también existen.

            Por ejemplo, la investigación arqueológica en determinada hacienda puede ser de gran utilidad para un historiador que investigue cómo vivían los trabajadores de las haciendas henequeneras de los siglos pasado y antepasado. En primer lugar, porque resulta sumamente difícil encontrar documentos que describan como vivía la gente “común” de cualquier época y, además, los pocos que se encuentran por lo general resultan tener descripciones vagas. Sin embargo, si comparamos esta poca información escrita con los restos físicos que encontramos en los lugares habitacionales de aquellas personas, entonces podemos hacernos una mejor idea de cuantas personas vivían en cada casa, en qué lugares realizaban las distintas actividades, que medicamentos o alimentos consumían, etc.

El estudio arqueológico de esta hacienda específica (Hacienda San Pedro, en Cholul) parece indicar que existían diferencias sociales dentro de la misma clase trabajadora de la hacienda, ésta no se trataba de un ente homogéneo. Esta conclusión sería muy difícil respaldar si nuestro estudio solo tomara en cuenta las fuentes más comunes de la historia (osease los papelitos con letras escritas), ya que estas últimas generalmente son obra de las personas acomodadas de la sociedad y muy probablemente solo mencionen a los trabajadores como un conjunto homogéneo, sin profundizar en sus heterogeneidades. Pues, después de todo, somos muy dados a englobar en grupos homogéneos a aquellas personas que pertenecen a colectividades ajenas a las nuestras. En mi caso, por ejemplo, aunque no dudo que haya muchos grupos distintos dentro de aquellas personas que practican el Islam, ignoro completamente cuales sean estos.

En segundo lugar, la Arqueologia también se puede servir de la historia, al auxiliarse en ella para encontrar información que le permita interpretar de una manera más certera los restos que encuentra. Por ejemplo, en la página cuatro del trabajo en cuestión, los investigadores describen como se han auxiliado en los trabajos de Quezada para conocer mejor la forma en que las haciendas de aquella época estaban organizadas.

Considero importante mencionar que no en todos los casos es posible hacer estudios de este tipo. Por ejemplo, si investigamos los restos de las primeras aldeas mayas del preclásico temprano, resultará muy complicado –si no es imposible-  encontrar fuentes históricas pues, si es que alguna vez las hubo, estas ya deben de haberse desintegrado y formar parte de las tierras que fertilizan nuestras selvas. En un caso contrario, si intentamos investigar la forma en que la legendaria ciudad de Troya estaba organizada, no podremos realizar actividades arqueológicas en ella, puesto que ni siquiera sabremos dónde estuvo, si es que alguna vez existió
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Reconozco que este último ejemplo tiene muchas deficiencias, pero encuentro muy difícil hallar casos en los que se pueda recurrir a la Historia y no a la Arqueología; esto se debe al carácter de las fuentes que ambas investigan. Según mi consideración, las fuentes de la Arqueología son, por lo general, más confiables y duraderas que las históricas, pero su interpretación resulta mucho más complicada que estas últimas. Daré un ejemplo: si nos encontramos los restos de una pirámide en la mitad de un desierto podemos estar seguros de que alguna vez alguien la construyo, y bastante convencidos de que las personas que la construyeron buscaban de ella algo más que ser un simple señuelo para confundir a los investigadores, pues la construcción de una obra de ingeniería de tal magnitud requiere la inversión de tanto dinero y mano de obra que sería poco probable (aunque sí posible) que alguien la hubiera construido con el fin de confundir a los arqueólogos modernos. Sin embargo, responder a las preguntas ¿Quién la construyo? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Ya no resultará una tarea sencilla.

Ahora veámoslo desde otro punto de vista, tenemos un documento que nos describe que alguna vez hubo una magnifica ciudad en el desierto, reconocida desde la distancia por una impresionante pirámide que servía como centro de adoración a un dios dado y la cual era habitada por el líder religioso más importante de cierta civilización. El documento es muy completo y nos describe a detalle la organización de la ciudad y las costumbres de su civilización. Sin embargo, cualquier persona que sepa escribir puede hacer un documento de tales características, y aun cuando pudiéramos demostrar que data de una época antigua, esto no es garantía de que alguna vez existió tal ciudad con tal pirámide. El documento podría ser una farsa o contar una leyenda, sin embargo, hasta las farsas y las leyendas pueden resultar de interés para el historiador o el arqueólogo. Si alguien miente, es porque tiene razones para hacerlo.

El caso idóneo en este "güajiro" suceso sería tener el documento y encontrar la pirámide, y aunque aún en estas circunstancias todavía quedarían muchos interrogantes por resolver, al menos tendríamos más recursos para intentar saciar nuestras dudas de respuestas. Además, mientras más conocimientos de distintas disciplinas científicas -como la numismática, la astronomía, la filología, la arqueometría, incluso la física, la economía, la geografía, y todas las demás disciplinas científicas que nos vengan a la mente- podamos utilizar en nuestro estudio, más seguros podremos estar de nuestros resultados. Y a final de cuentas, lo que busca el método científico no es encontrar la verdad absoluta, sino conseguir la mayor certeza posible de que lo que pensamos se parece a ella.

martes, 7 de febrero de 2012

¿Civilización o Cultura?


Sobre "Civilización" y "Cultura"
La necesidad de hacer una distinción entre cultura y civilización radica en que ambas son herramientas necesarias para el estudio de la sociedad, y su utilidad depende de que nos permitan identificar distintos rasgos o patrones dentro de esta. Poco servible sería el concepto de cultura si dijésemos que este abarca absolutamente todo lo que está relacionado con una sociedad, porque entonces una sociedad sería igual a una cultura y estaríamos cayendo en un pleonasmo al decir: las sociedades tienen cultura. Creo que esta idea se aclarará si recurrimos a una analogía: por ejemplo, sería de muy poca utilidad en un estudio sobre los mamíferos clasificarlos de acuerdo a si son vertebrados, puesto que todos los mamíferos por definición son vertebrados. Tal vez esto fue lo que quiso dar a entender Eagleton cuando dijo: “Incapaz de decir una cosa sin decirlo todo, la [palabra] cultura acaba por no decir nada”.

     Ahora que espero haya podido aclarar la necesidad de entender y distinguir los conceptos de cultura y civilización dedicaré la mayor parte de esta entrada a explicar la evolución de ambos conceptos en el tiempo, con la finalidad de poder dar a ambos una definición propia. 

     Lo primero que hay que aclarar es que, de hecho, ninguno de los dos es, en realidad, ni definición, ni término. No son definiciones porque no se tratan de objetos materiales susceptibles de ser expuestos de manera precisa y unánime; y tampoco son términos porque las ideas a las que hacen referencia no están incuestionablemente acotadas y mucho menos terminadas, puesto que emanan de sociedades en constante cambio que reflexionan sobre sí mismas y sobre las autoconcepciones que de ellas tienen. Cultura y civilización son conceptos porque nacen de ideas abstractas cuyo significado metafísico tratamos de encontrar a través del mismo pensamiento que les da origen, condenados a una eterna mutación consecuencia de las condiciones sociales del individuo que los genera. Y en este sentido, si deseamos entenderlos, debemos recurrir a la historia.

A través del tiempo

La primera persona, de la cual tengo conocimiento, que se rompió la cabeza tratando de definir el concepto cultura fue Francis Bacon. Él habló de cultura como si se tratase de “coulter”, una palabra en ingles que significa reja de arado, y propuso que la cultura es el cultivo del espíritu. De acuerdo con mi interpretación de esta definición la cultura tiene que ser forzosamente una herencia, puesto que tenemos que sembrar en nuestras mentes conocimientos que ya existen (habiendo estos sido descubiertas o inventadas por los humanos anteriormente) y posteriormente estos conocimientos germinarán en nuestros cerebros, en lo que podría llamarse una interpretación de los conocimientos e ideas de nuestra época. De esta forma, la cultura sería la herencia que obtenemos de nuestra sociedad, la forma en que entendemos e interpretamos personalmente esta herencia y la manera en que la aplicamos.

     Todavía en el siglo XVIII no existía una clara diferencia entre cultura y civilización. Para un pensador como el Marquis de Mirabeau la civilización era el refinamiento de los modales que le otorgaban a la sociedad su virtud y que son el origen de la humanidad. Mientras que para Edmund Burke la cultura era la idealización del propio orden social, osea, de la Imperial Gran Bretaña de su época, con lo cual se justificaba que los estados modernos de la Europa occidental invadieran a los estados premodernos del resto del mundo con el objeto de expandir su ideología. Podemos observar en ambos autores un chovinismo en el que se exalta la importancia de los valores y refinamientos de sus propias culturas, mientras que se consideraba retrasada al resto de la humanidad con respecto a ellas, incluso Mirabeau llega al extremo de decir que solo aquellas personas que compartían su civilización formaban parte de la humanidad. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo antes de que surgieran movimientos de protesta en contra de las ideas nacionalistas de Mirabeau y Burke.

     Los primeros relativistas sociales surgieron en Alemania ese mismo siglo. A Friederich Schiller, quien es mejor conocido por sus trabajos sobre el origen del estado, debe reconocércele como uno de ellos. Según él, la cultura es el fundamento sobre el cual se erigen todas las sociedades y por ello no puede mostrar preferencia por ninguna acción humana. Otro relativista, esta vez muy reconocido por su trabajo sobre el tema, fue Johann Herder - por cierto, considerado por algunos padre de la antropología- para quien la cultura no era el fruto de una historia unilineal, “sino una diversidad de formas de vida específicas, cada una con sus propias y peculiares leyes de evolución.” Sus ideas sin duda fueron revolucionarias para la época. Afirmó también, por ejemplo, que lo que una nación puede considerar indispensable puede nunca habérsele ocurrido a otra o puede ser considerado malo para una tercera. Otra de sus valiosas aportaciones fue haber dado a la “cultura de identidad” su sentido moderno, al asegurar que se trataba de una forma de vida característica de cierto grupo social y que hace que las personas se sientan identificadas con su lugar de nacimiento. Con ellos nació por primera vez, en la cabeza de un pensador occidental, la idea de que nuestra cultura no tiene por qué ser el centro del universo, ni por qué ser monopolizadora de la verdad, y, que de hecho, no es ninguna de las dos cosas. Estos pensadores acuñaron la idea de que las demás culturas y sociedades con las que compartimos el mundo merecen igual respeto que las nuestras. En sus puños estuvo lo que considero fue el cuarto golpe a el ego humano*. En fin, nos enseñaron que “cultura significa gente distinta”.

     No fue hasta la primera mitad del siglo XIX cuando se empezaron a notar los primeros esfuerzos serios por separar a la cultura de la civilización, que hasta ese momento habían sido conceptos muy vagamente definidos. En palabras de Bierstedt: “Un francés podría decir, por ejemplo, que América tenía civilización pero no cultura, otro que América tenía cultura pero no civilización, y ambos querían decir exactamente lo mismo”. Uno de los primeros en hacer una distinción fue Coleridge Tylor quien, al decir que la civilización debía fundamentarse en la cultura, quería decir que para ser ciudadanos debíamos ser primero humanos, pues para él la cultura era el desarrollo de las cualidades de nuestra humanidad. Por otro lado, Mathew Arnold pensaba que la civilización estaba en contra de todo lo que la cultura significaba. La cultura era la perfección de la moral, el intelecto y el camino hacia esa perfección, la civilización por su parte era agente represor de intelecto humano. Aunque ambos autores estaban de acuerdo en que la cultura era una idea positiva a lo que debíamos aspirar como humanidad; para Coleridge esta debería de servirnos como el cimiento sobre el cual construiríamos nuestra civilización , mientras que para Arnold la civilización representaba lo negativo, los baches y las bifurcaciones que trataban de dificultarnos nuestro viaje.

     Ya bien entrado el siglo XIX nació la idea de que la sociedad podía ser estudiada utilizando el mismo método científico que era usado para estudiar otras partes de la naturaleza. De ahí que científicos como Max Weber hayan contribuido a definir más nítidamente los conceptos de "cultura" y "civilización". Para Weber la civilización era el medio objetivo a través del cual se debería estudiar a la sociedad, entendiéndose esta como el conjunto de prácticas y técnicas artísticas -incluyendo el conocimiento-, que de ella formaban parte. Por otro lado la cultura tendría que ser el componente subjetivo de la sociedad: las ideas y los valores que la caracterizan. Está idea fue apoyada por Robert MacIver quién definió la civilización como el conjunto de instrumentos de una sociedad y a la cultura como un fin al que se aspira llegar. En ambos pensadores podemos notar ya un esfuerzo serio por hacer una distinción entre los dos conceptos, buscando con ello definir que partes de la sociedad podrían ser investigadas objetivamente a través de vestigios materiales, y como tales, serían objeto de la ciencia (la civilización); y cuales tendrían que ser investigadas a través de la razón y del pensamiento, en cuyo caso serían objeto de la filosofía (la cultura).

     Tanto Weber como MacIver, al encontrar en la civilización un componente de la sociedad susceptible a ser estudiado objetivamente abrieron la brecha para que nuevos investigadores intentaran comparar los niveles de civilización de distintas culturas y generarán una teoría de la evolución social. Tarea que fue llevada a acabo por estudiosos como Edward Tylor y Oswal Spengler. Tylor entendía la cultura como un “todo complejo” y proponía que el cambio de las sociedades a través del tiempo estaba regido por leyes históricas que podían ser descubiertas y entendidas. Por otro lado, la teoría de Spengler sobre la evolución social era más bien pesimista. Él sí hace una distinción clara entre cultura y civilización, ve a la civilización como el fin de la historia, pero no como un fin deseable sino más bien despreciable. La civilización representaba para él la supresión total de la libertad humana, y tenía que ser evitada a toda costa. La cultura, por el contrario, era la historia en su totalidad y cada una de sus partes. Encuentro en el desprecio de Spengler hacia la civilización una influencia de las ideas de Arnold. Tanto Spengler como Tylor contribuyeron a fundar una teoría de la evolución social que influiría en varios pensadores posteriores y que continua existiendo hasta nuestros días. No obstante, Tylor, al entender la cultura como un todo, cae en el problema de la sobregeneralización del concepto, cuya inutilidad ya he mencionado antes; y Spengler, por su parte, al descartar rotundamente a la civilización como fuente de progreso, quitó de su teoría una herramienta de suma importancia para el estudio social. En resumen, puedo decir que ambas teorías hacían agua, lo que motivó a que futuros pensadores las criticaran fuertemente.

     El principal opositor a la teoría de la evolución social fue Franz Boas. Para Boas, tanto Spengler como Tylor, al intentar comprender estructuras sociales que se encuentran más allá de la observación directa, entran en el terreno de la metafísica, por lo tanto su trabajo no se fundaba en evidencia empírica y debía ser desechado. Según su definición, cultura era el conjunto de las manifestaciones sociales, las reacciones de los individuos y los productos de sus actividades. Para él la comprensión de la sociedad era alcanzable solo a través del estudio del individuo, que es el único componente de la sociedad con el cual podemos tener un contacto físico. Al partir de los componentes más particulares de la sociedad, el método de estudio tendría que ser necesariamente inductivo. La historia tampoco era necesaria en el modelo de Boas, pues según él, la sociedad es el producto de una circunstancia social y si logramos conocer cabalmente el momento actual de la sociedad, la entenderíamos por completo, haciéndose así obsoleta la historia. Personalmente me párese que Boas tiene razón en este punto, si lográsemos conocer completamente el momento actual de la sociedad ya no necesitaríamos estudiar su pasado, pero debido a que la sociedad está en constante cambio, posee un carácter efímero e intervienen demasiados factores que hay que tomar en cuenta en este cambio, conocerla cabalmente en el momento “actual” es una tarea muy improbable (por no decir imposible) y por lo tanto el estudio histórico seguirá resultando de mucha utilidad durante al menos mucho, mucho, tiempo más. Con Boas se fundó una corriente dentro de las ciencias sociales que buscaba alejarse de lo general para entender lo particular, mientras que otro grupo de científicos buscaban exactamente lo contrario.

      Radcliffe-Brown resaltó la importancia del estudio de las estructuras sociales. Para él la cultura es (en palabras de Kahn) “lo que queda una vez que se sustrae la estructura social”.Por otro lado, Sorokin afirmaba que la civilizaciones no existen, diciendo que el concepto nació de la falta de distinción entre los varios tipos de sistemas culturales y un grupo organizado. “Lo que ellos llaman civilización es algunas veces uno de esos fenómenos y a veces el otro”. Considero que ambos autores hicieron una gran aportación el debate al haber resaltado la importancia del estudio de los sistemas y las estructuras sociales. De especial interés me resulta la separación que Radcliffe-Brown hace entre cultura y las estructuras de una sociedad.

     Alfred Kroeber fue un seguidor de Boas pero al mismo tiempo fue uno de sus más grandes críticos. Hace una distinción entre comportamiento y costumbres, uno propio del individuo y las otras de la cultura. También les otorgó a las estructuras sociales “orgánicas” un papel trascendente en su teoría. Con él la historia recobra valor, aunque no trascendente, pues niega la existencia de leyes sociales al considerar que la cultura no es el resultado de la acumulación de partes casuales. Para él cultura es “la mayor parte de las reacciones motoras, los hábitos, las técnicas, ideas y valores aprendidos y transmitidos y la conducta que provocan”. Su teoría intenta, desde mi punto de vista, construir un puente entre las ideas de Boas, centradas en lo particular y en la inducción, y las de los estructuralistas, quienes daban mayor importancia a la estructura social en general y a la deducción. De esta manera abriría el camino, probablemente sin quererlo, para las nuevas generaciones de evolucionistas sociales.

     Dos de aquellos evolucionistas fueron Arnold Tonybee y Leslie White. El primero consideró que la civilización y la sociedad eran la misma cosa, pero en distintos niveles de complejidad, donde la civilización es una cultura "avanzada". Él halló dos indicadores de civilización en las sociedades: 1)las instituciones que poseen y 2) la división de trabajo. estos dos indicadores han sido criticados por ambiguos y por ser encontrados en la mayoría de los grupos sociales. Por su parte White distinguió tres distintos niveles que integran la cultura: el ideológico, el tecnológico y el abstracto. Estos tres niveles se complementan e interactúan entre ellos para dar lugar a la compleja red que constituyen el tejido social. La distinción de niveles que usa White en su concepto de cultura me parece muy acertada y útil para la investigación social.

     Finalmente, llegamos a los lingüistas Ward Goodenough y Claude Lévi-Stratuss, cuyas formas de abordar la cultura difieren prácticamente en todos los aspectos, hasta podríamos considerarlos opuestos, pero guardan en común su punto de partida: la lingüística. Mientras por un lado Goodenough argumenta que el estudio de la cultura debe de estar basado en la construcción de modelos empíricos nacidos del estudio de la etnografía a través de la lingüística; para Lévi-Stratuss la información sobre la cultura no puede ser obtenida de manera directa, sino a través del pensamiento y, por tal motivo, se opone al empirismo. Sin embargo reconoce la importancia del estudio lingüístico. Me parece interesante destacar que a pesar de haber partido de tan alejados puntos, sus definiciones finales sobre la cultura son, hasta cierto punto, parecidas. Para ambos la cultura estaba separada del mundo físico y nacía en la mente de los individuos de una sociedad. Difieren en que para el primero la cultura es aquello que dirige el funcionamiento y el pensamiento de las personas; y para el segundo, esta es parte inherente del ser humano, diferente de su naturaleza biológica, pero yuxtapuesta a ella.

     En este último párrafo podemos observar marcadamente un fenómeno que se ha presentado una y otra vez a lo largo de la historia de los conceptos de civilización y cultura: una cierta polaridad. Como he tratado de plasmar a lo largo de todo este ensayo, la evolución de los conceptos en cuestión a través del tiempo no ha seguido en ningún momento una línea recta bien definida y progresiva, sino más bien varios e intrincados caminos que nos recuerdan a las ramas de un árbol que se extienden cada una por su propio camino, creciendo de vez en cuando alguna pequeña conexión entre ellas que permite el flujo de información entre dos tallos separados.


Mis conclusiones sobre la civilización y la cultura.

Espero haber podido dejar en claro que los conceptos de cultura y civilización son constructos flexibles que pueden arrojar distintos significados dependiendo de la manera en que los abordemos. Es muy importante también tener siempre presente que el significado que un investigador da a estos conceptos al momento de realizar su trabajo afectará significativamente el resultado de sus conclusiones, así como las interpretaciones de los lectores dependerán de sus propias definiciones. ¿De qué uso nos podría ser que un matemático tomara dos números dos y nos presentara un cuatro como resultado sin decirnos como lo obtuvo? No habría forma de saber si los sumó, los multiplicó o los potenció, y su afirmación carecería de valor si se tratará del primer paso en la demostración de un teorema. Por eso creo que es de vital importancia que los autores, al usar estos conceptos, dejen en claro la definición en la cual se estarán basando.

     Debido a que no existe una definición netamente acertada de cultura, cada quien tiene que desarrollar sus propias ideas al respecto, basándolas, por supuesto, en las definiciones que ya otros autores han trabajado antes de su tiempo. Resulta evidente que agarrar casi cuatrocientos años de reflexiones sobre el tema, ignorarlas y tirarlas a la basura es una idea mensa, por no decir suicida. Por eso es importante entender, aunque sea muy vagamente como en mi caso, la evolución de ambos conceptos a lo largo del tiempo antes de realizar nuestras propias sumersiones en el las turbias aguas de los mares de la cultura y la civilización.

     ¿Qué es para mí cultura? Yo mismo he respondido a esa pregunta de distintas manera a lo largo de mi corta vida. Hoy en día, en este momento y en este lugar, para mí la cultura es el conjunto de ideas y la cosmovisión de una sociedad, la forma en que las transmite a las siguientes generaciones y las interpretaciones que sus individuos hacen de ella. Es lo que queda de una sociedad una vez que extraemos toda la estructura social, como dijo Radcliffe-Brown, y el nivel ideológico de la sociedad que distingue White. Es, en pocas palabras, un elemento inmaterial de la sociedad.

     ¿Y la civilización? Desde mi punto de vista es el conjunto de estructuras sociales y los productos de una sociedad, emana de la cultura y es su representación física, aun así, es capaz de influir en ella. Es las estructuras que quita Radcliffe-Brown de la sociedad en su definición de cultura, y el nivel tecnológico de la sociedad que distingue White en la suya.

     Quiero resaltar el hecho de que es imposible trazar una raya clara que separe la civilización de la cultura, puesto que una siempre está influyendo a la otra. Por ejemplo, una religión, con su manera particular de ver el mundo, es cultura; mientras que su iglesia, con sus instituciones y sus objetos materiales, sería civilización. Sin embargo, esta relación entre religión e iglesia es bilateral y las divisiones entre ellas son difusas: lo que la iglesia y sus jerarcas decidan puede alterar el futuro de la religión, mientras que la religión por su parte también influye claramente en el futuro de la iglesia. De esta manera, no puede haber cultura sin civilización ni civilización sin cultura, son dos caras de la misma moneda. Entonces, cultura y civilización son herramientas útiles para la clasificación y el estudio social, en este sentido son como estuches y su tamaño y su forma variarán dependiendo del tiempo y el lugar de la fabrica en que las hayan manufacturado.

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*Los otros tres mencionados por Sigmund Freud: Copérnico al decir que no somos el centro del universo, Darwin al decir que no somos la creación favorita de un Dios y él mismo al decir que ni siquiera somos tan inteligentes como pensábamos.
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Lecturas Sugeridas:
-Bierstedt, Robert, “Indices of Civilization” en American Journal od Sociology, volúmen 75 número 5, Marzo 1966, pp.483-490.
-Eagleton, Terry La idea de cultura: una mirada política sobre los conflictos sociales, Barcelona, Pearson, 2001, pp.11-53.
-Kahn, J.S. El Concepto de Cultura: Textos Fundamentales, España, Anagrama, 1975, pp.9-27.
-Krotz, Esteban, “Cinco Ideas Falsas Sobre la Cultura” en Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán, número 191, 1994, pp.31-36.